La medicina del futuro

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Los avances tecnológicos están transformando la salud. Esto es lo que nos espera

 

El 9 de junio de 1955, los habitantes de la pequeña ciudad de Charleston, capital del estado de Virginia Occidental, en Estados Unidos, despertaron, como de costumbre, muy temprano. Al revisar el diario del día, se sorprendieron con un artículo de la Charleston Gazette. “Predicen expectativa de vida de 150 años para el año 1999”, anunciaba el titular de un texto, ni largo ni corto, que recogía las declaraciones hechas por el médico Lowry H. McDaniel, en una conferencia de la Asociación Médica de E.U. celebrada en Atlantic City.

En la primera mitad del siglo XX, la medicina ha progresado más que en los seis mil años anteriores. Y es de esperar que esto no vaya a cambiar —afirmaba este doctor con una importante cuota de entusiasmo—. Para 1999, los hombres de 90 años serán considerados jóvenes y los de 135, maduros. Gracias a la medicación hormonal, nuestras mujeres permanecerán jóvenes, hermosas y en buena forma indefinidamente.

Todas las enfermedades infecciosas, como la fiebre reumática que daña las válvulas del corazón y las enfermedades venéreas, serán erradicadas. El resfriado común será sólo un recuerdo. Los alimentos sintéticos pondrán fin a la hambruna y la biomedicina descubrirá un tratamiento efectivo contra las enfermedades de la sangre, el corazón y contra los trastornos degenerativos de la vejez”.

Las palabras de McDaniel no sonaron como un gran disparate. Al día siguiente, nadie le exigió la renuncia ni le retiraron la licencia. El único desliz del médico fue el de pecar de optimista, un deporte muy común en aquel entonces. En los años cincuenta, el futuro era un continente donde reinaba la felicidad, donde todos los problemas estaban destinados a desaparecer para siempre: se creía por entonces que derrocaríamos al cáncer, visitaríamos hospitales en órbita y erradicaríamos la calvicie. Solo había que esperar y comprobarlo, verlo con nuestros propios ojos.

No obstante, los años pasaron y nos frustramos: ni en Charleston, Estados Unidos, ni en cualquier ciudad de México, a los hombres de 90 años los consideran jóvenes. No vivimos hasta los 150 años, aún nos resfriamos y el cáncer sigue siendo una de las principales causas de muerte en todo el mundo.

Un macroestudio realizado en 50 países, conocido como Global Burden of Disease Study  2010 —la mayor investigación de las enfermedades mundiales jamás realizado—, coordinado por el mexicano Rafael Lozano, especialista en salud pública de la Universidad de Washington, y recientemente publicado en la revista The Lancet, muestra que los males no transmisibles como el cáncer, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, impulsadas por el tabaquismo y la obesidad, se han convertido, en los últimos 20 años, en causas dominantes de muerte y discapacidad en todo el mundo, un panorama distinto del imaginado por las predicciones de algunas décadas pasadas.

Ahí, en la combinación de expectativa y deseo, está el atractivo y, al mismo tiempo, el riesgo de la futurología: imaginar un futuro distinto a nuestro presente. Aspirar a mejores tiempos, aunque sea dentro de cinco, seis, siete décadas… cuando no estemos vivos para decir con algo de humildad: “Sí, nos equivocamos”. Aún así, hubo algo en lo que el doctor Lowry H. McDaniel no erró: en escasos 100 años, la medicina cambió como nunca lo hizo a lo largo de la no tan larga historia humana. Y nadie espera que se estanque o que empeore pese, claro, a los altos precios y los servicios mal prestados por algunos centros de salud. Médicos, ingenieros, biólogos, químicos, bioinformáticos y toda clase de investigadores en todo el planeta están seguros de que el cuidado de la salud está a punto de sufrir una sacudida, un cambio de paradigma.

La atención médica, dicen, dejará de ser reactiva: no esperaremos a caer enfermos para visitar a un médico. Más bien, lo consultaremos para no enfermarnos: los secuenciadores de ADN decodificarán el genoma de cada paciente para saber a qué tipo de enfermedades está genéticamente predispuesto —como el cáncer y los padecimientos cardiovasculares, neurológicos y metabólicos— y poder tratarlas antes de que se manifiesten con cambios en el ambiente y medicamentos especialmente diseñados. Incluso, lo sabremos antes de siquiera nacer, gracias al desarrollo de análisis genéticos prenatales que, por supuesto, traerán aparejados toda clase de problemas éticos, sociales y legales.

Con nuevos sensores tejidos incluso en nuestra ropa y con nuevas aplicaciones de nuestros gadgets cotidianos (smartphones o tabletas), seremos capaces de hacer una revisión completa del estado de cada uno de nuestros órganos y enviar esos datos a nuestro médico a distancia.  Nos acostumbraremos a regenerar órganos con impresoras 3D si es que alguno falla. Fabricaremos con “impresoras químicas” todo tipo de fármacos a partir de los detalles y antojos de nuestro ADN. Nos convertiremos en hombres y mujeres biónicos con prótesis más flexibles. No nos llamará la atención ver en la calle a una persona con un brazo, pierna u ojo artificial. Será habitual, cosa de todos los días, como lo son hoy los lentes de contacto, los marcapasos, la fecundación in vitro y las ecografías 4D. A diferencia de los pronósticos de los futurólogos de los años cincuenta o sesenta, estos cambios no son sueños o deseos proyectados hacia adelante. Son, más bien, tecnologías que ya existen en los laboratorios del mundo. Y, aunque aún muchas de ellas se encuentran en pleno estado de experimentación, se estima que en cinco o diez años desembarcarán entre nosotros con intención de cambiar, para siempre, nuestras vidas.

Las cuatro “p” de la medicina    

Al biólogo estadounidense Leroy Hood le gusta ponerle nombre a todo. A este pionero de la biomedicina, inventor del secuenciador y sintetizador automático del ADN en los ochenta, le atraen las siglas. No se cansa de hablar del advenimiento de la “medicina 4P” cada vez que le preguntan cómo ve el futuro de la salud. Las “P” corresponden a predicción, prevención, personalización y participación. “En lo que resta de esta década, los médicos comenzarán a secuenciar, con rapidez y a bajo costo, el genoma de cada individuo y esta información comenzará a formar parte esencial de su expediente médico —repite el fundador del Instituto de Biología de Sistemas de Seattle, EU, en charlas y artículos como el publicado hace unos meses en Nature Reviews Clinical Oncology—. Contaremos con dispositivos capaces de medir 2,500 proteínas relevantes de diversos sistemas de órganos para supervisar nuestro propio estado de salud. Guiadas por un acercamiento holístico, nuevas computadoras analizarán cantidades enormes de datos para detectar genes defectuosos o perturbaciones provocadas por el ambiente”.

Preventiva y predictiva, la atención sanitaria dejará de enfocarse en tratar enfermedades para concentrarse en preservar la buena salud. Y no solo eso: además de digital (con la integración de la biomedicina y la tecnología de la información), la medicina se volverá personalizada. Se centrará en el individuo, en sus peculiares y únicas interacciones entre sus genes y su entorno. Pese a lo que opinen los deterministas genéticos, no importará tanto con qué genes venimos al mundo, sino también en qué ambientes nos movemos, qué comemos, qué tipo de actividad física realizamos. Saber que no todo está escrito en nuestros genes nos dará mayor libertad.

Sobre todo, la medicina personalizada potenciará la sensación —y el hecho— de que somos únicos, cada uno a su manera. Los fármacos se adaptarán a nosotros y no nosotros a ellos. Entrará en juego la farmacogenética. “Es una rama de la medicina genómica que utiliza la información del genoma humano para comprender mejor por qué las personas responden de manera diferente a los medicamentos”, cuenta Gerardo Jiménez Sánchez, doctor en genética humana y biología molecular, presidente de Global Biotech Consulting Group y director general fundador del Instituto Nacional de Medicina Genómica. “Conocer esto facilitará la prescripción de medicamentos y dosis basadas en el perfil genético de cada individuo”. Explica que la FDA ya autorizó más de 114 pruebas para identificar perfiles genéticos, previa administración de los medicamentos.

Además de definir los mejores tratamientos farmacológicos para cada uno de nosotros, el conocimiento pormenorizado del ADN permitirá que los médicos brinden recomendaciones personales para prevenir enfermedades complejas como la diabetes, la hipertensión arterial o algunos cánceres. También permitirá determinar cuál será la mejor dieta para nuestro organismo y qué actividad física será la óptima para cada quien. De hecho, ya hay empresas que se encuentran dedicadas a todas estas cuestiones como 23andMe, fundada por Anne Wojciki, esposa de Sergey Brin de Google, y MyGen (www.mygen.com.ar) de las biólogas molecu-lares argentinas Viviana Bernath y Mariana Herrera que ofrecen productos como MyFit, MyHealth y MyBaby. “Analizamos, por ejemplo, más de 150 sitios del ADN que se relacionan con nuestro metabolismo, nutrición, comportamiento ante los alimentos, capacidades físicas”, explica Bernath. “El médico recibe el informe y le explica los resultados al paciente. A partir de estos resultados elaboran el mejor plan de alimentación y actividad física. Podemos trabajar para revertir aquello que no nos vino favorecido por la genética y aprovechar los beneficios que sí recibimos”.

En el caso de MyHealt, se analizan los riesgos de desencadenar males complejos que se producen por la acción simultánea de varios genes, como la enfermedad cardiovascular, la colitis ulcerosa, cánceres de pulmón y mama, obesidad o Alzheimer. Este estudio predice si las manifestaremos, “de manera que podemos controlar el medio ambiente para que no se dispare —agrega Bernath—. En el caso de MyBaby, analizamos el ADN de dos personas que quieren tener un hijo para ver si son portadoras de 76 enfermedades recesivas como la fibrosis quística, la enfermedad de Canavan o Gaucher, la hemofilia, o sea, aquellas que se manifiestan en un hijo cuando ambos padres tienen el mismo gen alterado”.

Exámenes de bolsillo

La medicina también será participativa. El paciente pasará a la acción, al control de su propia salud. Aquello que ocurre dentro de nuestro cuerpo dejará de ser un misterio, gracias a nuestras computadoras de bolsillo, nuestros dispositivos móviles y toda clase de controles biométricos y biosensores que funcionarán como laboratorios en un chip. Aplicaciones como Glucose buddy (para diabéticos), Period Calendar deluxe (seguimiento de ciclos menstruales), EyeXam y accesorios para los teléfonos celulares como Handyscope (que examina lunares y otros rasgos de cáncer de piel), Alivecor (monitor de corazón) y Mobius SP1 (un sistema de imágenes por ultrasonido) harán más fácil el seguimiento de nuestra salud.

Los tatuajes dejarán de ser meras decoraciones en nuestra piel para llevar registro de lo que sucede debajo de ella. Desarrollado por la Universidad Northeastern de Estados Unidos, un tatuaje subcutáneo dotado con nanosensores ya permite monitorear las 24 horas nuestra salud: al enfocar este “tatuaje-sensor” con la cámara de un iPhone 4, los nanosensores se activan y transmiten la información de sus reacciones al contacto con diferentes sustancias de la sangre como el nivel de oxígeno, la glucosa o el alcohol. Así, podremos detectar también con mayor rapidez la malaria y melanomas.

Un nuevo dispositivo electrónico de seguimiento médico personalizado —bautizado como “MiniME” por la empresa sueca Ergonomidesign— que apuesta a un atractivo concepto al que llaman “salud integrada”, realiza una tarea similar a la del tatuaje-sensor. El MiniME se conecta con sensores biométricos colocados previamente en nuestro cuerpo mediante la tecnología RFID (Radio frecuency identification). Entre los datos que recoge, están la presión arterial, la frecuencia cardiaca, la temperatura corporal, glucosa, colesterol y hemo-globina. Un emoticono le advierte al usuario si estas lecturas están dentro de los parámetros normales. Lo curioso es que él puede conectar el dispositivo a una mesa Surface de Microsoft para archivar los datos en su historial médico y enviárselos a su doctor para que los controle. Así, cualquier persona que cuente con esta tecnología podrá advertir distorsiones en su salud e identificar enfermedades y tratarlas a tiempo.

Cirujanos robots y avatares médicos

Las “4P” de Leroy Hood no bastan para definir hacia dónde va la medicina. Básicamente porque, además, será robótica. De hecho, ya lo es. Desde su aparición, en 1999, el robot Da Vinci, desarrollado por Intuitive Surgical, le lavó la cara a los procedimientos médicos complejos al revolucionar el campo de las cirugías mínimamente invasivas. Precisión, acceso a lugares difíciles, gran rango de movimientos, cicatrices pequeñas, menor riesgo de infección, menor pérdida de sangre son algunas de las ventajas que ofrece este sistema de cuatro brazos controlado a distancia por un cirujano.

Solo en 2012 se realizaron 200,000 operaciones con ese robot algo costoso —1.8 millones de dólares—, pero efectivo. Ya se encuentra en 1,200 hospitales del mundo, en países como Argentina, Venezuela y en México (en el Instituto de cirugía robótica Puerta de Hierro en Zapopan, Jalisco, y en el Hospital San José Tec de Monterrey). Sus contrincantes son dos: un robot alemán conocido como DLR Miro (del Institute for Robotics and Mechatronics) y el Raven II de dos brazos. Desarrollado por los doctores Blake Hannaford y Jacob Rosen de la Universidad de California para ser usado en el campo de batalla por el ejército estadounidense, este último es compacto, ligero, cuesta 250,000 dólares y es el primer robot quirúrgico cuyo software sigue el modelo de código abierto que hará posible que cada centro médico pueda cambiar el hardware y software según sus necesidades.

En los próximos años se espera que el número de robots aumente en los hospitales. Hasta que funcionen solos, necesitarán profesionales que los manejen; se estima que éstos serán muchos de los actuales gamers: un estudio de la University of Texas Medical Branch demostró que muchos estudiantes de secundaria y universitarios acostumbrados a jugar con videojuegos un mínimo de dos horas al día, superan en habilidad a residentes médicos en simulaciones de cirugías robóticas.

A medida que envejece la población, se evidencia la escasez de médicos y enfermeras para satisfacer las necesidades. “La telepresencia, la telemedicina y la robótica permitirán, en un término de diez años, atender a pacientes en su domicilio, disminuyendo notoriamente el desplazamiento e internamiento de pacientes en unidades hospitalarias, hoy sobredemandadas –afirma el doctor Gilberto Felipe Vázquez de Anda, profesor del Centro de Investigación en Ciencias Médicas de la Universidad Autónoma del Estado de México–. Con el advenimiento de las telecomunicaciones con audio y video en tiempo real, conexiones de internet de alta velocidad y los dispositivos robóticos, hoy en día es posible ‘insertar’ especialistas médicos de un hospital de alta especialidad dentro de los equipos de atención médica en hospitales distantes gracias a ‘avatares médicos’”. O sea, a través de videoconferencias, los robots permiten a los médicos hacer rondas de forma virtual y revisar pacientes aunque estén a kilómetros de distancia.

La telepresencia robótica tiene un incremento gradual anual. En 2011, había unos 300 robots distribuidos en todo el mundo. El Instituto de Salud del Estado de México, por ejemplo, creó un programa para atender áreas críticas hospitalarias como urgencias, quirófano, recuperación, salas obstétricas y unidades de cuidados intensivos con dispositivos robóticos teledirigidos desde un hospital de alta especialidad a hospitales generales localizados en ciudades distantes. A través de cuatro robots RP7i se atendieron a 800 personas en estado crítico, entre 2009 y 2011. “Los pacientes y familiares encuentran óptima la comunicación con el avatar médico con sentimientos de protección y seguridad a la hora de que son atendidos –agrega Vázquez de Anda–. Las películas de ciencia ficción han permitido que la gente tenga presente los robots; por ello, ahora que los robots están cada vez más presentes en nuestro ambiente médico ya no son una extrañeza”.

En El Camino Hospital de Silicon Valley, EU, 19 robots modelo Aethon cargan bandejas de comidas, remueven sábanas y basura; asimismo, transportan registros médicos, medicamentos y muestras de laboratorio de un lugar a otro sin interponerse en el camino de doctores y enfermeras, gracias a sus sensores avanzados. Muchos empleados no los ven con buenos ojos. Deberán, sin embargo, acostumbrarse. Estas transformaciones en el ámbito de la salud tendrán repercusiones directas: aumentarán más nuestra calidad y expectativa de vida en las próximas décadas volviendo imprescindibles este tipo de asistencia médica artificial.

Hoy en día ganamos tres meses de vida por cada año que vivimos sanamente. Eso se debe, por un lado, a los avances médicos y, por otro, a las mejoras en educación e información –explica Vanessa González-Covarrubias, investigadora mexicana en metabolómica y longevidad en la Universidad de Leiden, Holanda–. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las actuales expectativas de vida del mexicano son de 73 años en hombres y 78 en mujeres, mientras que en el 2020 podríamos aspirar a vivir en promedio unos 80 años. Podríamos, incluso, alcanzar los 90 años hacia el 2060. También están los que piensan lo contrario, como el demógrafo Jay Olshinsky que considera que la obesidad y las enfermedades metabólicas nos están acortando la vida. En mi caso, tiendo a opinar como los demógrafos optimistas”. En este asunto no importan mucho los nuevos robots ni los avances estrafalarios. Un concepto se mantiene: para la salud, el optimismo es la mejor medicina. Ahora y siempre.

 

Reportaje de la edición 184 de la Revista QUO

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